Sólo la lluvia me distrae de tus tibios intestinos alfombrando mi sala.
El gato ansía el momento en que le de permiso para lamerte.
La música parece salir de tu garganta detenida en cada nota
y tu mano retiene con debilidad placentera
el sofoco de tu último minuto.
El frío de la tarde se ahoga magníficamente en el morbo inconcluso
de la fluorescencia de tus pelos, aunque tus pezones
delaten el delicado embarazo de tu pereza.
Aparto con un ademán de soldado una pierna manchada
y te penetro mirando hacia la ventana o hacia donde sea que estés mirando
y el gris de tus dedos y de la ciudad relampaguean sin misericordia
ante el rigor de mis embestidas.
Tu boca se abre a veces tratando de retener en algún segundo
un viejo gesto de placer, una combinación desapercibida, una angustia,
una putiada, un requerimiento, un apetito,
pero termina sonando siempre a carne seca
a chasquido de resequedad.
Tu interior se derrama sobre mí
cuando te sostengo erguida con la ansiedad perpetua de la mayor profundidad
y en tus nalgas frías siento el sudor inmaculado de la descomposición.
La inquietud de la gloria del cuchillo
del júbilo rasgando la piel, del asombro que se ahoga en sangre y en la duda de la muerte cercana,
del cuerpo que se derrama, y la tranquilidad del cadáver,
no pueden apagar el ruidoso ataque del gato hambriento
devorando tu interior derramado
mientras mis gritos de placer indignan los interludios de la tormenta.
jueves, 13 de agosto de 2009
martes, 30 de junio de 2009
Venid
Que venga la tuerta, la muerta, la esposa del mayordomo; que venga la hambrienta, la bizca y la honrada, que venga la dueña de la pescadería, la uniformada y la petiza, la partera, la gorgona, la perezoza y la zunga, que venga la que no se depila y la que huele, la de hule y la que no tiene cejas, la mamá del mocho y la de las empanadas, que vengan mi abuela y su hermana, que venga la fea inconforme y la bella belfa, la bestial tía y la cuadrupléjica, que vengan la rubia usufuctudada y la negra estafada, que venga la secretaria arisca y su pizca de abandono, que venga la barrendera, la untada de monedas, la que huele a palomas y la enfermera ensangrentada; que vengan juntas las gordas rezanderas, las mamás que toman té y las tías del casino, que vengan la esposa del presidente y su lésbica secretaria, que venga la recepcionista, la masajista, la fisioterapeuta y la onanista, que venga la profesora de gimansia sudada de tres días, que venga la carretillera, la que fuma pielroja y la gafufa, la novia del del celador y su hija de quince años, que venga la que pone el sello untada de tinta, la de la revista, la de la farmacia y la que no tuvo infancia, que venga la mueca con su delantal; que vengan las hijas, las primas lejanas, la que crió la abuelita, la que estaba muy gorda para ese disfraz, la que olía a orines y la que había vomitado, que venga la mesera, la cocinera y la gallina, que venga la profesora beoda y la madre cabeza de familia, que venga la que vuelve a poner la ropa en los ganchos, la que canta borracha y la que toca el acordeón en las novenas, que venga la de las artesanías, la de la terminal y la de la licorera, que venga la panderetera de la tuna y la vieja baretera, que venga la del billete, la momia de discovery; la desjarretada traqueta y la trunca veterinaria, que venga del ginecólogo, del gastroenterólgo, de la morgue, de comprar telas; que venga de manejar taxi, de impulsar en el Éxito, de estar sentada esperando, que venga de comer, de la peluquería, de la colonoscopia, de las cartas, del té, de la bruja, de la expo, de comprar zapatos; que venga ajada, ajetreada, canina incisiva, que venga malograda, ajena, inhóspita, repentina, vigorosa, enmediada, llorando, que venga olorosa, oleosa, empericada y asesina, que venga con el tampón, con la resurrección, con la crema, la pasta y la inyección; que venga la rockera apestosa, la lesbiana delicada y la anal, que venga la que me la restriega y la que se riega, que venga la que no le gusta a mi mamá y la que se me orina, la que le encantan la inyeccciones y la que no puede cagar sin zapatos, que venga la primera por la que me la volié y la que venía en el ascensor, que vengan la vecina, su mamá, su hermara y su perrita, que venga la de los mangos en mangas, la de los chicles en chicles y la enana tan feliz y la azafata tan perra tan loba y tan gata, que venga la guía scout y no se quite la pañoleta, la del zoológico con su gorila y la ciega con su perra, la chancera sin suerte y la telefonista con gripa, que vengan la desconocida actriz, la luminotécnica y la flaquita del maquillaje, que venga la gordita chistosa, que venga la chuta, la churca, la chocoana, la chincha y la chambona, que venga la que sabe de inglés y de ingles y la que sabe a mazamorrita, la orgiástica, la fantástica y la analfabeta, la drogadicta y la que no se masturba y que vengan mojadas, bien mojadas porque yo estoy acá.
lunes, 27 de abril de 2009
mordimiento
Siento el remordimiento tardío del masturbador crónico.
Me muevo con mis pies húmedos y fríos por el sucio cemento de la habitación
chapoteando casi en mis propios charquitos de sudor frío
mientras un pájaro se posa en el cable de la luz y los carros
malditos carros esperan su turno en el semáforo.
Siento la pena de mi vana gloria en el pene.
Llego hasta la ventana, ese sucio cuadro de luz y sonido y cortinas muertas
y mis manos sudorosas, líquidas y tímidas
posan su gelatina en el balcón
y una bofetada de viento
nos despeinan a mi y al pájaro
maldito pájaro, espera tu turno, espéralo.
Siento la vergüenza inmaculada del defecador público.
Estiro el brazo blanquecino a través del vacío
y me ahogo en el mojado calor del vértigo al observar
que dos gotas de sudor acaban de suicidarse silenciosamente de mi sobaco.
El pájaro escapa en un malabar fluvial
y la bulla, la ventana, las cortinas, el pudor, la vergüenza y los malditos;
hacen ebullir la sanguinolencia exacta que mi anatomía necesita, y mi equilibrio
maldito equilibrio, espera su turno.
Siento el poder de mi ingle traspasar inmune
el beso arenoso del pavimento.
Me muevo con mis pies húmedos y fríos por el sucio cemento de la habitación
chapoteando casi en mis propios charquitos de sudor frío
mientras un pájaro se posa en el cable de la luz y los carros
malditos carros esperan su turno en el semáforo.
Siento la pena de mi vana gloria en el pene.
Llego hasta la ventana, ese sucio cuadro de luz y sonido y cortinas muertas
y mis manos sudorosas, líquidas y tímidas
posan su gelatina en el balcón
y una bofetada de viento
nos despeinan a mi y al pájaro
maldito pájaro, espera tu turno, espéralo.
Siento la vergüenza inmaculada del defecador público.
Estiro el brazo blanquecino a través del vacío
y me ahogo en el mojado calor del vértigo al observar
que dos gotas de sudor acaban de suicidarse silenciosamente de mi sobaco.
El pájaro escapa en un malabar fluvial
y la bulla, la ventana, las cortinas, el pudor, la vergüenza y los malditos;
hacen ebullir la sanguinolencia exacta que mi anatomía necesita, y mi equilibrio
maldito equilibrio, espera su turno.
Siento el poder de mi ingle traspasar inmune
el beso arenoso del pavimento.
miércoles, 11 de marzo de 2009
MI éxito
Vuelvo con el rumbo sincopado de diez cervezas, entendiendo que los caminos frecuentes se confunden cuando las costumbres se dislocan por los abusos del alcohol; entendiendo que hay un sentido cuando uno se pierde llegando a su casa.
Vuelvo con la visión yuxtapuesta, corrompida en rojos ojos coagulados ya, hechos gelatina aguada, borrosa, miope, estrávica, cansados de mirar la misma calle, el mismo miasma denso de luciérnagas borrosas y escandalosas gargantas refinadas con el más certero aguardiente, tercos grupos latentes en puntas de pie, esperando que se termine de podrir la noche.
Vuelvo entendiendo que cuando sus labios se abren de piernas, inculcan en mi destino la conciencia resignada de los héroes muertos y debo huir cojeando, cobarde y mustio, a los brazos de mi madre octogenaria que se pudre sin clemencia en la certeza de mi éxito.
Vuelvo con la visión yuxtapuesta, corrompida en rojos ojos coagulados ya, hechos gelatina aguada, borrosa, miope, estrávica, cansados de mirar la misma calle, el mismo miasma denso de luciérnagas borrosas y escandalosas gargantas refinadas con el más certero aguardiente, tercos grupos latentes en puntas de pie, esperando que se termine de podrir la noche.
Vuelvo entendiendo que cuando sus labios se abren de piernas, inculcan en mi destino la conciencia resignada de los héroes muertos y debo huir cojeando, cobarde y mustio, a los brazos de mi madre octogenaria que se pudre sin clemencia en la certeza de mi éxito.
martes, 10 de marzo de 2009
Nunca perdí la fe en la maldad
Camina una rubia sin garra en sus ojos, sin una certidumbre racional de destino, sólo es un mecanismo rodeado de carnes mesiánicas que orbita alrededor de su propia estulticia, haciendo una traslación sin vida entre los vapores de blondor que se nimban de su pelo -oropel de peluquería unisex- y el mapa complejo del parque y sus altibajos de mariguana. Sus tetas se esconden bamboleantes y jugosas tras algún complejo tejido de lana pues hace frío.
- Lástima.- piensa Ignacio, pues se dice que con la gelidez de ciertos climas, la silicona tiende a retomar instintivamente la forma de las manos del cirujano que la implantó, como en un intento de nostalgia, de juego pueril, el eterno retorno a esa vagina generosa.
Y la rubia, asqueada y hermosa, epopeya ambulante de algún barrio del medio, cruza todo el parque nalgueando un afán sospechoso hacia el acopio y se monta en el taxi 24 que se esfuma subiendo la diez perseguido por ocho perros borrachos, callejeros como la calle misma que aúllan en una persecusión frenética, desencajada y escandalosa tras aquel mecanismo de los hombres.
- Lástima.- piensa Ignacio, pues se dice que con la gelidez de ciertos climas, la silicona tiende a retomar instintivamente la forma de las manos del cirujano que la implantó, como en un intento de nostalgia, de juego pueril, el eterno retorno a esa vagina generosa.
Y la rubia, asqueada y hermosa, epopeya ambulante de algún barrio del medio, cruza todo el parque nalgueando un afán sospechoso hacia el acopio y se monta en el taxi 24 que se esfuma subiendo la diez perseguido por ocho perros borrachos, callejeros como la calle misma que aúllan en una persecusión frenética, desencajada y escandalosa tras aquel mecanismo de los hombres.
La comadreja de la noche carcome mi bondad alienada por la terrible cicuta de la rutina diaria. Este viento que entra por la ventana y mezcla el frio y la oscuridad con la necesidad intestina del asesinato, juega entre mi pelo y me hace otear desde mi ventana para ubicar a posibles víctimas, ingenuos transeúntes que no sospechan de sus últimos momentos sobre esta tierrita.
¡Bang!
Bienvenidos.
¡Bang!
Bienvenidos.
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