Sólo la lluvia me distrae de tus tibios intestinos alfombrando mi sala.
El gato ansía el momento en que le de permiso para lamerte.
La música parece salir de tu garganta detenida en cada nota
y tu mano retiene con debilidad placentera
el sofoco de tu último minuto.
El frío de la tarde se ahoga magníficamente en el morbo inconcluso
de la fluorescencia de tus pelos, aunque tus pezones
delaten el delicado embarazo de tu pereza.
Aparto con un ademán de soldado una pierna manchada
y te penetro mirando hacia la ventana o hacia donde sea que estés mirando
y el gris de tus dedos y de la ciudad relampaguean sin misericordia
ante el rigor de mis embestidas.
Tu boca se abre a veces tratando de retener en algún segundo
un viejo gesto de placer, una combinación desapercibida, una angustia,
una putiada, un requerimiento, un apetito,
pero termina sonando siempre a carne seca
a chasquido de resequedad.
Tu interior se derrama sobre mí
cuando te sostengo erguida con la ansiedad perpetua de la mayor profundidad
y en tus nalgas frías siento el sudor inmaculado de la descomposición.
La inquietud de la gloria del cuchillo
del júbilo rasgando la piel, del asombro que se ahoga en sangre y en la duda de la muerte cercana,
del cuerpo que se derrama, y la tranquilidad del cadáver,
no pueden apagar el ruidoso ataque del gato hambriento
devorando tu interior derramado
mientras mis gritos de placer indignan los interludios de la tormenta.
jueves, 13 de agosto de 2009
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