Vuelvo con el rumbo sincopado de diez cervezas, entendiendo que los caminos frecuentes se confunden cuando las costumbres se dislocan por los abusos del alcohol; entendiendo que hay un sentido cuando uno se pierde llegando a su casa.
Vuelvo con la visión yuxtapuesta, corrompida en rojos ojos coagulados ya, hechos gelatina aguada, borrosa, miope, estrávica, cansados de mirar la misma calle, el mismo miasma denso de luciérnagas borrosas y escandalosas gargantas refinadas con el más certero aguardiente, tercos grupos latentes en puntas de pie, esperando que se termine de podrir la noche.
Vuelvo entendiendo que cuando sus labios se abren de piernas, inculcan en mi destino la conciencia resignada de los héroes muertos y debo huir cojeando, cobarde y mustio, a los brazos de mi madre octogenaria que se pudre sin clemencia en la certeza de mi éxito.
miércoles, 11 de marzo de 2009
martes, 10 de marzo de 2009
Nunca perdí la fe en la maldad
Camina una rubia sin garra en sus ojos, sin una certidumbre racional de destino, sólo es un mecanismo rodeado de carnes mesiánicas que orbita alrededor de su propia estulticia, haciendo una traslación sin vida entre los vapores de blondor que se nimban de su pelo -oropel de peluquería unisex- y el mapa complejo del parque y sus altibajos de mariguana. Sus tetas se esconden bamboleantes y jugosas tras algún complejo tejido de lana pues hace frío.
- Lástima.- piensa Ignacio, pues se dice que con la gelidez de ciertos climas, la silicona tiende a retomar instintivamente la forma de las manos del cirujano que la implantó, como en un intento de nostalgia, de juego pueril, el eterno retorno a esa vagina generosa.
Y la rubia, asqueada y hermosa, epopeya ambulante de algún barrio del medio, cruza todo el parque nalgueando un afán sospechoso hacia el acopio y se monta en el taxi 24 que se esfuma subiendo la diez perseguido por ocho perros borrachos, callejeros como la calle misma que aúllan en una persecusión frenética, desencajada y escandalosa tras aquel mecanismo de los hombres.
- Lástima.- piensa Ignacio, pues se dice que con la gelidez de ciertos climas, la silicona tiende a retomar instintivamente la forma de las manos del cirujano que la implantó, como en un intento de nostalgia, de juego pueril, el eterno retorno a esa vagina generosa.
Y la rubia, asqueada y hermosa, epopeya ambulante de algún barrio del medio, cruza todo el parque nalgueando un afán sospechoso hacia el acopio y se monta en el taxi 24 que se esfuma subiendo la diez perseguido por ocho perros borrachos, callejeros como la calle misma que aúllan en una persecusión frenética, desencajada y escandalosa tras aquel mecanismo de los hombres.
La comadreja de la noche carcome mi bondad alienada por la terrible cicuta de la rutina diaria. Este viento que entra por la ventana y mezcla el frio y la oscuridad con la necesidad intestina del asesinato, juega entre mi pelo y me hace otear desde mi ventana para ubicar a posibles víctimas, ingenuos transeúntes que no sospechan de sus últimos momentos sobre esta tierrita.
¡Bang!
Bienvenidos.
¡Bang!
Bienvenidos.
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