Siento el remordimiento tardío del masturbador crónico.
Me muevo con mis pies húmedos y fríos por el sucio cemento de la habitación
chapoteando casi en mis propios charquitos de sudor frío
mientras un pájaro se posa en el cable de la luz y los carros
malditos carros esperan su turno en el semáforo.
Siento la pena de mi vana gloria en el pene.
Llego hasta la ventana, ese sucio cuadro de luz y sonido y cortinas muertas
y mis manos sudorosas, líquidas y tímidas
posan su gelatina en el balcón
y una bofetada de viento
nos despeinan a mi y al pájaro
maldito pájaro, espera tu turno, espéralo.
Siento la vergüenza inmaculada del defecador público.
Estiro el brazo blanquecino a través del vacío
y me ahogo en el mojado calor del vértigo al observar
que dos gotas de sudor acaban de suicidarse silenciosamente de mi sobaco.
El pájaro escapa en un malabar fluvial
y la bulla, la ventana, las cortinas, el pudor, la vergüenza y los malditos;
hacen ebullir la sanguinolencia exacta que mi anatomía necesita, y mi equilibrio
maldito equilibrio, espera su turno.
Siento el poder de mi ingle traspasar inmune
el beso arenoso del pavimento.
lunes, 27 de abril de 2009
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