miércoles, 13 de enero de 2010

Desahogo de un día cualquiera

Odio el dinero. Antes no me importaba pero ahora lo detesto.
Odio mi educación y mi viejo convencimiento de que la tranquilidad era lo más importante para la felicidad. Odio haber creido que la risa era el máximo logro.
Odio haber crecido como crecí.
Odio la falsa felicidad de mis treinta años de vida.
Odio a mis padres porque no me enseñaron a vivir y criaron a un fracasado.
Odio la universidad porque jamás aprendí que lo más importante eran las cosas: siempre me inculcaban el conocimiento necesario para no engordar mis bolsillos, sólo mi cerebro. Y los cerebros no son sexys.
Odio a mis amigos por haber tenido el olfato necesario para las finanzas, odio a mis novias por invitarme siempre a todo.
Pero sobre todo
me odio a mi mismo
porque sobrevivo a pesar del fracaso de mi existencia y el vacío de mis bolsillos
y odio al universo por no aniquilarme instantáneamente.

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