miércoles, 28 de septiembre de 2011
El drama
Hablaba con Saza que el drama es un virus televisivo y asquerosamente femenino, es un prurito de contaminación emocional innecesaria que enloda la sinapsis y la carga de placer negativo, de ínfulas de yotodolosé y no solo eso, sino que sé qué va a pasar y nunca, nunca va a pasar algo bueno, porque lo bueno no fermenta tan sabroso como el conflicto, las reacciones irracionales, los gritos de mico enjaulado, la penetración vaginal de los problemas y la ansiedad oscura por que todo salga mal, porque así es la vida, vida hijueputa; y voy a sumirme en mi inmunda gloria cuando te diga: "te lo dije" dios mío, virgen santísima, gloria de todas las glorias, maldita sea yo te lo dije, porque siempre, siempre es que yo sabía que te ibas accidentar caer perder robar aburrir diarrea pinchazo rayo lo que sea te lo dije yo y eso, eso me convierte en rey de todos los maricas reyes, no más me hace falta el turbante para seguir siendo el amo de los malos presagios y vanagloriarme desnudo e impertérrito ante mi propia grandeza y exactitud, en medio de una noche oscura sin más testigos que mi ego, mi razón y mis pequeñas y peludas bolas de primate.
Las monas
Tras un afortunado recuerdo de Maqroll, Saza contó esta historia. En una calle famosa de Medellín, famosa de nombre y perteneciente al dormido barrio de Manila, queda un comando de la policía nacional, añejo y olvidado, una estructura simple en la que uno jamás quisiera entrar y en la que acontecen eventos típicos de la milicia: formaciones, órdenes, risas maliciosas, cosas de ese mundo tan específicamente distante. El barrio, la calle, se transforma, se adapta a la enana edificación o más bien le huye y la deja rodeada de edificios abandonados, bodegas, una tienda siempre llena de policías y un minúsculo cementerio que ni siquiera tiene perro. En medio de este miserable escenario queda un taller semiabandonado que se llama "Las monas". Aquí caen varados de diversa índole, pinchados, sin caja, desfrenados, sin batería y sin bandas, caen con el carro, la moto en su última tos, llegan con la llanta, con la cruceta, con un trapo sucio, sudando su triste suerte de automovilistas, y las dueñas que habitan la casa-taller y que dormitan eternamente en su inmune letargo, los atienden ansiosas y serviciales, con el respeto sanguíneo del paisa ventajoso. ¿Si saben dónde es? Y son puras viejas… A mi me huele que es un burdel, que tras la ruinosa fachada encontrás un burdel de mediano alcance, en donde la tropa se desjarreta a su antojo sin más testigos que un cementerio, un vivero y la tienda de un sordo.
Fragmento (proyecto)
"... el calor se elevó notablemente con la salsa, es más, ascendió hasta niveles imposibles, hizo que el alcohol diera su firme paso adelante y se impusiera en el despropósito de ese domingo. Se levantó del murito y miró hacia el sol, hacia ese sol augusto imperial multiforme que holgazaneaba sus últimos instantes de calor en el Laureles de las cuatro y media de la tarde. Ella lo miró sospechosa, conocedora eterna de sus ritmos desaforados, de su ansia constante de fiesta y el sentido universal de la rumba, lo miró con ojos sustanciosos, lo miró risueña, completa indulgencia, llévame contigo, coge mi cadera y haz que Ismael Rivera fluya con tu caricia por mi cuerpo, dame una vuelta para que me dé el sol y el viento ondee mi pelo en cámara lenta, para que lo sintetice, lo sublime y explote químicamente, vertebralmente, dame ese paso, esa invitación, sácame de esta tienda y llévame a un sitio encerrado, de mucha gente bailando en la oscuridad de las cuatro y media de la tarde de este domingo insaciable y sudemos, sudemos en la mitad de la angustia, sudemos para que los pelitos de mi nuca se me peguen al cuello y cuando me hablés cerquita, porque la música está muy dura, te quedés con el sudor salado de mi nuca en tus labios, te quedés con el sabor salubre de lo que quiero de vos. "
Bar
Escampaba y le agarré la mano con la negra suavidad del tinto que humeaba en nuestra mesa y ella se sobresaltó inquieta, irritada por el calor que empezaba a conquistar su cuerpo y le humedecía de perlitas la frente blanca, ese calor que la horrorizaba en pequeñas oleadas de desespero y la incitaba a morder, pelear, sumergirse sin escrúpulos en la oscura corriente del azar. El bar ardía de desespero y el rayo denso de sol que penetraba en un último estertor por la puerta y las ventanas calentaba el linóleo acabado, las cervezas, las chaquetas húmedas, la vieja madera de las mesas, evaporaba lentamente el agua de su pelo y recargaba de energía al frondoso gato del viejo Job, que gris y gordo dormía a la entrada desde tiempos inmemoriales. - Ay no, qué calor, no me agarrés- y quitó la mano y se alborotó el pelo, buscó un cigarillo inexistente en el paquete arrugado que adornaba la mesa y me dijo -tomate pues tu tinto que nos vamos-. Miré la calle llena de vapor, iluminada por una rara potencia, escuché la escasa canción que vomitaban los oxidados parlantes del bar de Job "En el sendero de mi vida triste hallé una flor..." y pagué la cuenta mientras ella ya en la calle detenía el taxi que se la llevaría para siempre.
Oración
Líbrame señor de la malicia indígena
y dame la libertad de dar papaya.
Aléjame del ojo ajeno
y de la plata de los demás.
Nómbrame ignorante del mundo de los vivos
e inhabilítame para ejercer la ley del menor esfuerzo.
Ilumina señor, la ansiedad del avispado
y haz del robo el mayor lamento.
Olvídate, oh señor, de mi perdón
porque el perdón es un pretexto
para seguir pecando.
y dame la libertad de dar papaya.
Aléjame del ojo ajeno
y de la plata de los demás.
Nómbrame ignorante del mundo de los vivos
e inhabilítame para ejercer la ley del menor esfuerzo.
Ilumina señor, la ansiedad del avispado
y haz del robo el mayor lamento.
Olvídate, oh señor, de mi perdón
porque el perdón es un pretexto
para seguir pecando.
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