miércoles, 28 de septiembre de 2011
Bar
Escampaba y le agarré la mano con la negra suavidad del tinto que humeaba en nuestra mesa y ella se sobresaltó inquieta, irritada por el calor que empezaba a conquistar su cuerpo y le humedecía de perlitas la frente blanca, ese calor que la horrorizaba en pequeñas oleadas de desespero y la incitaba a morder, pelear, sumergirse sin escrúpulos en la oscura corriente del azar. El bar ardía de desespero y el rayo denso de sol que penetraba en un último estertor por la puerta y las ventanas calentaba el linóleo acabado, las cervezas, las chaquetas húmedas, la vieja madera de las mesas, evaporaba lentamente el agua de su pelo y recargaba de energía al frondoso gato del viejo Job, que gris y gordo dormía a la entrada desde tiempos inmemoriales. - Ay no, qué calor, no me agarrés- y quitó la mano y se alborotó el pelo, buscó un cigarillo inexistente en el paquete arrugado que adornaba la mesa y me dijo -tomate pues tu tinto que nos vamos-. Miré la calle llena de vapor, iluminada por una rara potencia, escuché la escasa canción que vomitaban los oxidados parlantes del bar de Job "En el sendero de mi vida triste hallé una flor..." y pagué la cuenta mientras ella ya en la calle detenía el taxi que se la llevaría para siempre.
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