miércoles, 28 de septiembre de 2011
Las monas
Tras un afortunado recuerdo de Maqroll, Saza contó esta historia. En una calle famosa de Medellín, famosa de nombre y perteneciente al dormido barrio de Manila, queda un comando de la policía nacional, añejo y olvidado, una estructura simple en la que uno jamás quisiera entrar y en la que acontecen eventos típicos de la milicia: formaciones, órdenes, risas maliciosas, cosas de ese mundo tan específicamente distante. El barrio, la calle, se transforma, se adapta a la enana edificación o más bien le huye y la deja rodeada de edificios abandonados, bodegas, una tienda siempre llena de policías y un minúsculo cementerio que ni siquiera tiene perro. En medio de este miserable escenario queda un taller semiabandonado que se llama "Las monas". Aquí caen varados de diversa índole, pinchados, sin caja, desfrenados, sin batería y sin bandas, caen con el carro, la moto en su última tos, llegan con la llanta, con la cruceta, con un trapo sucio, sudando su triste suerte de automovilistas, y las dueñas que habitan la casa-taller y que dormitan eternamente en su inmune letargo, los atienden ansiosas y serviciales, con el respeto sanguíneo del paisa ventajoso. ¿Si saben dónde es? Y son puras viejas… A mi me huele que es un burdel, que tras la ruinosa fachada encontrás un burdel de mediano alcance, en donde la tropa se desjarreta a su antojo sin más testigos que un cementerio, un vivero y la tienda de un sordo.
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