Líbrame señor de la malicia indígena
y dame la libertad de dar papaya.
Aléjame del ojo ajeno
y de la plata de los demás.
Nómbrame ignorante del mundo de los vivos
e inhabilítame para ejercer la ley del menor esfuerzo.
Ilumina señor, la ansiedad del avispado
y haz del robo el mayor lamento.
Olvídate, oh señor, de mi perdón
porque el perdón es un pretexto
para seguir pecando.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
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