martes, 10 de marzo de 2009

Nunca perdí la fe en la maldad

Camina una rubia sin garra en sus ojos, sin una certidumbre racional de destino, sólo es un mecanismo rodeado de carnes mesiánicas que orbita alrededor de su propia estulticia, haciendo una traslación sin vida entre los vapores de blondor que se nimban de su pelo -oropel de peluquería unisex- y el mapa complejo del parque y sus altibajos de mariguana. Sus tetas se esconden bamboleantes y jugosas tras algún complejo tejido de lana pues hace frío.

- Lástima.- piensa Ignacio, pues se dice que con la gelidez de ciertos climas, la silicona tiende a retomar instintivamente la forma de las manos del cirujano que la implantó, como en un intento de nostalgia, de juego pueril, el eterno retorno a esa vagina generosa.

Y la rubia, asqueada y hermosa, epopeya ambulante de algún barrio del medio, cruza todo el parque nalgueando un afán sospechoso hacia el acopio y se monta en el taxi 24 que se esfuma subiendo la diez perseguido por ocho perros borrachos, callejeros como la calle misma que aúllan en una persecusión frenética, desencajada y escandalosa tras aquel mecanismo de los hombres.

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